2020: El año en que el Coronavirus azotó al mundo

09.09.2021

A pesar de ser esta una sección donde se suelen evocar sucesos acontecidos hace mucho tiempo atrás, decidimos dar un espacio a este tema cuando aun nos encontramos atravesando esta pandemia. ¿El motivo? Justamente narrar de primera mano las sensaciones producidas cuando permanecen presentes. Porque una cosa es hablar sobre un hecho antiguo cuyas consecuencias revisten una mera anécdota, por más impacto que en su momento haya producido, y otra distinta es volcar al papel (o a la virtualidad, en este caso) recientes vivencias, resultando todavía palpables, con la intención de inmortalizar detalles que, de otra manera, con el paso del tiempo se irían difuminando de manera irremediable... Y, honestamente, acontecieron tantas cosas que sería un despropósito omitir detalles.

2020 está acá nomás. Fue el año pasado. Un año en que el mundo se paralizó por momentos, a causa de un virus que nació a finales del anterior en la localidad china de Wuhan por motivos que continúan siendo un misterio. Transmitido por animales en un mercado que carecía de controles sanitarios adecuados según algunos, aunque las teorías conspirativas más osadas nunca descartaron un "descuido" (así, como sugieren las comillas) en la manipulación científica efectuada durante experimentos de laboratorio.

La cuestión fue que las urgentes medidas tomadas para contenerlo (que incluyeron la construcción de todo un hospital en tiempo récord) no resultaron suficientes. La globalización que tanto simplificó la vida en algunos aspectos resultó el puente que posibilitó que la peste ganase la carrera y en poco tiempo se diseminase por Europa para luego llegar al resto del mundo.

El trabajo preventivo por lógica resultó insuficiente, incluso en los países más desarrollados: se estaba enfrentando a un nuevo y poderoso enemigo, incontrolable. Y escaseaban las armas a disposición a causa de la carencia de información al respecto de él.

Cambiaron las costumbres. La única herramienta con la que contaba la humanidad era esa mencionada prevención, que se traducía en intentar por todos los medios evitar el contacto con posibles focos de infección. Fue así que mucha gente entró en conocimiento de la definición de las palabras "pandemia" y "cuarentena".

Economías destrozadas donde las únicas industrias que parecieron emerger fueron las de los productores de alcohol en gel y barbijos. Por lo menos hasta que llegaron las vacunas.

Mucha gente murió, mucha más se empobreció y los que contaban con reservas buscaron desesperadamente refugio para no perderlas. Fue así que a pesar de que todo se derrumbaba instrumentos como el Bitcoin y otras monedas virtuales se pusieron de moda, alcanzando valores astronómicos.

En medio del caos hubo teorías disparatadas sobre posibles curas, que implicaban desde nebulizaciones hasta la ingesta de hidroxicloroquina. Cuarentenas que se extendieron más de la cuenta como sucedió acá en Argentina, y como contrapartida el ninguneo en el otro extremo de mandatarios que catalogaron al virus como una simple "gripecita".

La distancia social estaba a la orden del día. Solo se podía salir para abastecerse y poco más. Imposible en principio sin sentir la espada de Damocles sobre la cabeza, temiendo que esas mismas calles que uno solía atravesar todos los días ahora formasen parte de un ambiente hostil, estilo Chernobyl. Lo único que funcionaba era posible gracias al trabajo de ese grupo de personas catalogado como esenciales: supermercados, servicios públicos y, por supuesto, hospitales. La tuvieron (y la tienen todavía) brava... Varios recordarán como al principio el staff médico era reconocido todas las noches con un aplauso masivo que se extendía a lo largo del país desde el confinamiento de cada emisor en su propio domicilio. Un método de reconocimiento que con el tiempo se dejó de emplear y que extrañamente se dedicó a los componentes de los demás grupos, que tal vez no trabajaron durante interminables horas extra pero que también estuvieron firmes en sus puestos, cumpliendo con sus respectivas tareas.

Puntos positivos de esta crisis global que cambió al mundo para siempre también pueden enunciarse. Escasos, pero importantes. Vinculados más que nada con el medio ambiente.

Poco tardó en constatarse que ese confinamiento obligado redujo la polución, justamente por la reducción en el tránsito de mucha gente que de pronto dejó de trasladarse hasta su oficina para trabajar y se olvidó de los viajes de vacaciones. Todos esos motores contaminantes de autos, micros, aviones y demás medios de transporte dejaron de emanar gases nocivos a la atmósfera y descendieron así de forma drástica unos niveles de contaminación que paulatinamente volvieron a incrementarse cuando la gente empezó a retomar sus actividades. Por fortuna algo quedó: gran cantidad de empresarios se percató de que buena porción de su plantilla podía realizar sin inconvenientes su tareas desde los hogares, así que se mantuvo en parte esa virtualidad que la pandemia obligó a adoptar.

Vinculado a lo social, algunos también destacan aspectos positivos. Porque a pesar de que el confinamiento obligado y la incertidumbre implicaron consecuencias catastróficas, contabilizando desde divorcios y suicidios hasta la aparición de enfermedades vinculadas al plano emocional, la separación forzada hizo pensar sobre la importancia de las relaciones. Esos momentos compartidos con seres queridos que dejaron de ser y que gracias a ello se valoraron de una nueva manera. Largas charlas por videollamadas para recuperar (o dejar de perder al menos) tiempo de calidad con padres, hijos, amigos...

Parece un relato apocalíptico, ¿no? Una historia de ciencia ficción. Pero es la realidad. Una historia sobre la cual se desconoce todavía el final...


Un video de archivo con postales de Buenos Aires durante la primer semana de cuarentena.